
Me pareció oír la voz de mi padre, tal como le sonaba en los días grises de su viudez, cuando era tan dado a citar las Escrituras: «Lo torcido no se puede enderezar y lo falto no puede contarse.» Siempre andaba con esa sentencia en la boca, aplicándola en cualquier oportunidad. Y amarga me sabía ahora la prosa del Eclesiastés al pensar que el Curador, por ejemplo, se hubiera encogido de hombros ante ese trabajo mío, considerando, tal vez, que podía equipararse a trazar letras con humo en el cielo, o a provocar, con un magistral dibujo, la salivación meridiana de quien contemplara un anuncio de corruscantes hojaldres. Me consideraría como un cómplice de los afeadores de paisajes, de los empapeladores de murallas, de los pregoneros del Orvietano. Pero también -radiaba yo- el Curador era hombre de una generación atosigada por «lo sublime», que iba a amar a los palcos de Bayreuth, en sombras olientes a viejos terciopelos rojos… Llegaba gente, cuyas cabezas se atravesaban en la luz del proyector. «¡Donde evolucionan las técnicas es en la publicidad!» -gritó a mi lado, como adivinando mi pensamiento, el pintor ruso que había dejado poco antes el óleo por la cerámica-.
