
Yo sabría encontrar a ese alguien, y entonces acallaría al aguafiestas que dentro de mí llevaba.
Tan buena me pareció la idea que, cuando ya rodábamos hacia el hotel por calles de barrios populares, hice que nos detuviéramos ante un rastro que tal vez fuera ya la providencia esperada. Era una casa de rejas muy enrevesadas, con gatos viejos en todas las ventanas, en cuyos balcones dormitaban unos loros plumiparados, como polvorientos, que parecían una vegetación musgosa nacida de la verdosa fachada. Nada sabía el baratillero-anticuario de los instrumentos que me interesaban, y, por llamar mi atención sobre otros objetos, me mostró una gran caja de música en que unas mariposas doradas, montadas en martinetes, tocaban valses y redowas en una especie de salterio. Sobre mesas cubiertas de vasos sostenidos por manos de cornalina había retratos de monjas profesas coronadas de flores. Una Santa de Lima, saliendo del cáliz de una rosa en el alborotoso revuelo de querubines, compartía una pared con escenas de tauromaquia. Mouche se antojó de un hipocampo hallado entre camafeos y dijes de coral, aunque le hice observar que podría encontrarlos iguales en cualquier parte.
