«¡Es el hipocampo negro de Rimbaud!», me respondió, pagando el precio de aquella polvorienta y literaria cosa. Yo hubiera querido comprar un rosario afiligranado, de hechura colonial, que estaba en una vitrina; pero me resultó demasiado costoso, porque la cruz se adornaba de piedras verdaderas. Al salir de aquel comercio, bajo la enseña misteriosa de Rastro de Zoroastro, mi mano rozó una albahaca plantada en un tiesto. Me detuve, removido a lo hondo, al hallar el perfume que encontraba en la piel de una niña -María del Carmen, hija de aquel jardinero…- cuando jugábamos a los casados en el traspatio de una casa que sombreaba un ancho tamarindo, mientras mi madre probaba en el piano alguna habanera de reciente edición.

V

(Jueves, 8)


Mi mano sobresaltada busca, sobre el mármol de la mesa de noche, aquel despertador que está sonando, si acaso, muy arriba en el mapa, a miles de kilómetros de distancia. Y necesito de alguna reflexión, echando una larga ojeada a la plaza, entre persianas, para comprender que mi hábito -el de cada mañana, allá- ha sido burlado por el triángulo de un vendedor ambulante. Oyese luego el caramillo de un amolador de tijeras, extrañamente concertado sobre el melismático pregón de un gigante negro que lleva una cesta de calamares en la cabeza. Los árboles, mecidos por la brisa tempranera, nievan de blancas pelusas una estatua de procer que tiene algo de Lord Byron por el tormentoso encrespamiento de la corbata de bronce, y algo también de Lamartine, por el modo de presentar una bandera a invisibles amotinados. A lo lejos repican las campanas de una iglesia con uno de esos ritmos parroquiales, conseguido por el guindarse de las cuerdas, que ignoran los carillones eléctricos de las falsas torres góticas de mi país. Mouche, dormida, se ha atravesado en la cama de modo que no queda lugar para mí. A veves, molesta por un calor inhabitual, trata de quitarse la sábana de encima, enredando más las piernas en ella.



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