Lawrence Block


Los pecados de nuestros padres

Matt Scudder, 1

Dedicado a Zane,

que ha estado presente en la creación,

y a la memoria de Lennie Shecter,

quien me presentó a Scudder.


1

Era un hombre voluminoso, aproximadamente de mi estatura, pero con el cuerpo un poco más robusto que el mío. Sus cejas, arqueadas y prominentes, todavía se conservaban negras, y su cabello gris peinado hacia atrás le daba a su enorme cabeza un aspecto leonino. Llevaba gafas, pero las había dejado sobre la mesa de madera de roble que nos separaba. Sus ojos oscuros parecían estar buscando algún mensaje oculto en mi cara. Si hubieran encontrado alguno, seguro que no se habría reflejado en ellos. Sus rasgos habían sido cincelados bruscamente -una nariz aguileña, una boca enorme y una mandíbula hosca-, pero el efecto total de su cara era como el de una losa en blanco que esperaba que alguien grabase sobre ella los mandamientos.

Dijo:

– No sé gran cosa sobre usted, Scudder.

Yo sí sabía algo sobre él. Se llamaba Cale Hanniford. Tenía alrededor de cincuenta y cinco años. Vivía en Utica, donde poseía un negocio de venta al por mayor de medicamentos y algunos bienes inmuebles. Tenía un Cadillac -modelo del año pasado, aparcado fuera, junto a la acera-, una mujer esperándolo en su habitación del Carlyle y una hija en un frío cajón de acero en el depósito de cadáveres de la ciudad.

– No hay mucho que saber -dije-. Fui poli.

– Un poli excelente, según el teniente Koehler. -Me encogí de hombros-. Y ahora es detective privado.

– No.

– Yo pensaba…

– Los detectives tienen licencias. Pinchan teléfonos y persiguen a la gente. Rellenan formularios, toman notas y demás. Yo no hago eso. En ocasiones hago favores a gente a cambio de algo.



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