
– Ya entiendo.
Di un sorbo al café. Estaba tomando un café con un poco de bourbon. Hanniford tenía un Dewar's con agua frente a sí, pero no le prestaba mucho interés. Estábamos en Armstrong's, un local de buena reputación con paredes de madera oscura y techo con molduras. Eran las dos de la tarde del martes 2 de enero y teníamos el lugar prácticamente para nosotros solos. Un par de enfermeras del hospital Roosevelt estaban tomando unas cervezas en el otro extremo de la barra y un chaval con una barba incipiente estaba comiéndose una hamburguesa en una de las mesas que había junto a la ventana.
Dijo:
– Me es difícil explicarle lo que quiero que haga por mí, Scudder.
– No estoy seguro de que pueda hacer algo por usted. Su hija está muerta. Yo no puedo cambiar eso. Al chico que la mató lo han detenido en la escena del crimen. Por lo que he leído en los periódicos, no habría estado tan claro ni en una película de asesinatos. -Su cara se ensombreció; imagino que le estaría viniendo a la mente esa película, la del cuchillo asesino. Continué rápidamente-. Lo arrestaron, lo registraron y lo metieron en The Tombs. Eso fue el jueves, ¿no? -El asintió-. Y el sábado por la mañana lo encontraron colgado en su celda. Caso cerrado.
– ¿Es eso lo que opina? ¿Que el caso está cerrado?
– Desde el punto de vista de la ley, sí.
– No me refiero a eso. Es natural que la policía lo vea de esa manera. Cogieron al asesino y ahora ya no se le puede castigar. -Se inclinó hacia delante-. Pero hay cosas que necesito saber.
– ¿Como qué?
– Quiero saber por qué la han asesinado. Quiero saber quién era ella. No tenía contacto con Wendy desde hacía tres años. Dios, ni siquiera estaba seguro de que estuviera viviendo en Nueva York. -Sus ojos esquivaron los míos-. Dicen que no tenía trabajo. Ninguna fuente de ingresos clara. He visto el edificio en el que vivía. Quise subir a su apartamento, pero no pude. Su alquiler era de casi cuatrocientos dólares al mes. ¿Eso qué le sugiere?
