Era imposible saber cómo era físicamente cuando estaba viva. Había muerto desangrada, y lady Macbeth tenía razón sobre esto: nadie se imagina cuánta sangre puede perder un cuerpo agonizante. Puedes clavar un punzón de hielo en el corazón de un hombre sin que asome apenas una gota de sangre en su pechera, pero Vanderpoel le había acuchillado el pecho, los muslos, el vientre y la garganta, y toda la cama era un océano de sangre.

Después de haber fotografiado el cuerpo, lo trasladaron para hacerle una autopsia. Un tal doctor Jainchill, de la oficina del forense, le practicó una autopsia completa. Declaró que la víctima era una mujer caucasiana de unos veinte años, que había mantenido relaciones sexuales recientemente, tanto orales como genitales, que había sido acuchillada veintitrés veces con un objeto punzante, seguramente una cuchilla, que no tenía heridas de puñaladas (lo que con toda probabilidad le hubiera hecho decidirse por la cuchilla), que varias venas y arterias, las cuales enumeró una por una, habían sido total o parcialmente cercenadas en el transcurso del ataque, que la muerte tuvo lugar aproximadamente a las cuatro de esa tarde, en más o menos veinte minutos, y que en su opinión no había ninguna posibilidad de que las heridas se las hubiera infligido ella misma.

Me sentí orgulloso de que hubiera tomado una posición tan firme en ese último punto.

El resto del sobre contenía información que por último sería complementada por copias de informes formales realizados por otros departamentos del aparato policial. Había una anotación que informaba de que el prisionero había sido llevado ante un magistrado y había sido acusado formalmente de homicidio el día después de su arresto. Otro memorando daba el nombre del abogado de oficio. Y otro señalaba que Richard Vanderpoel había sido hallado muerto en su celda poco antes de las seis de la mañana del sábado.



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