¿Por qué alguien quería matar a nadie? En Nueva York se cometen cuatro o cinco asesinatos al día. El verano pasado hubo una semana horrible, en la que la cifra ascendió a cincuenta y tres. La gente mata a sus amigos, a sus parientes, a sus amantes… Un hombre de Long Island hizo una demostración de karate a sus hijos mayores golpeando a su hija de dos años hasta matarla. ¿Por qué la gente hace esas cosas?

Caín dijo que él no era el guardián de Abel. ¿Existen solo esas dos opciones, guardián o asesino?

– ¿Trabajará para mí, Scudder? -Esbozó una pequeña sonrisa-. Me expresaré de otro modo. ¿Quiere hacerme el favor de trabajar para mí? Sería un gran favor.

– Me pregunto si eso es cierto.

– ¿Qué quiere decir?

– Esa puerta abierta. Puede que haya cosas al otro lado que no quiera ver.

– Lo sé.

– Y por eso tiene que hacerlo.

– Así es.

Me terminé el café. Dejé la taza sobre la mesa y respiré profundamente.

– Sí -dije-. Haré lo que pueda.

Se reclinó en la silla, sacó un paquete de cigarrillos y se encendió uno. Era el primero que se fumaba desde que entró. Algunas personas recurren a los cigarrillos cuando están en tensión y otras cuando la tensión ha pasado. Él estaba ahora más relajado y era como si sintiese que había conseguido algo.


Yo tenía una nueva taza de café delante y un par de páginas escritas en mi libreta. Hanniford todavía seguía con la misma bebida. Me había contado muchas cosas sobre su hija que yo no necesitaba saber. Puede que algunas de las cosas sí que fueran importantes, pero no había forma de saber cuáles eran. Hacía tiempo que había aprendido a escuchar todo lo que un hombre tenía que decir.

Así me enteré de que Wendy era hija única, de que había acabado con buenas notas la enseñanza secundaria, de que había sido popular entre sus compañeros de clase, pero no había salido con muchos chicos. Estaba empezando a perfilar la imagen de una chica, poco definida aún, que de alguna manera tendría que fundirse con la de la puta acuchillada en un apartamento del Village.



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