– Y, en ese caso, ¿por qué no me habría dicho nada?

– Para que no levantes la liebre contando toda la historia por ahí.

Claudio puso mala cara.

– No lo tomes mal, compañero. Sabes perfectamente que con tres copas sufres un enternecimiento generalizado que te conduce, con una indulgencia carente de discernimiento, a un mundo mejor, en el que de pronto todas las mujeres se te antojan deseables y todos los hombres, encantadores. Es una tendencia tuya. Henri puede que esté, simplemente, tomando sus precauciones.

– ¿Entonces no crees que venga para encarrilarme?

– No. ¿Estará Lorenzo en casa de Gabriella esta noche?

– Normalmente sí. Es viernes.

– Llámala. Pasaremos a saludar a nuestro amigo el obispo y quizás descubramos algo más. Dile que cenaremos en su casa.

– Es viernes, habrá pescado.

– ¿Qué más da?

Claudio salió y volvió de inmediato.

– ¿Tiberio?

– ¿Si?

– ¿Crees que no hubiese debido dejar a Livia?

– Es asunto tuyo.

– ¿Acaso no sabes que las mujeres serán mi perdición?

– ¿Por qué? ¿Sólo porque el emperador Claudio fue ridiculizado por su tercera esposa y asesinado por la cuarta?

Claudio se rió. Abrió la puerta y murmuró mientras salía:

– Cuarta esposa que no era otra que la madre de Nerón. No lo pases por alto.

Tiberio corrió hacia la puerta y gritó en el pasillo:

– Nerón, que mató a su madre para acceder al trono, no 1o olvides.

V

– Gabriella está en casa, monseñor -dijo la portera haciendo una genuflexión.

– ¿Está sola?

– Sus tres amigos acaban de llegar, monseñor.

El hábito de Lorenzo Vitelli contrastaba embarazosamente con la caja desvencijada de la escalera de este edificio del Trastevere. A Lorenzo Vitelli le daba absolutamente igual. A nadie en la casa se le hubiese ocurrido reprocharle que no hacía honor a su rango.



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