
Tiberio había aprovechado su silencio para ponerse de nuevo a trabajar.
– No me escuchas -dijo Claudio.
– Espero a que hables.
– He recibido una carta de mi padre. Llega mañana a Roma. Me escribe que es un asunto urgente.
– Vaya, ¿qué pinta Henri en Roma? Nunca viene cuando hace calor.
– Naturalmente, me da una pequeña explicación que no vale nada, pero es evidente que viene por mi culpa, para sermonearme, para encarrilarme sobre las vías del honor familiar. Es insoportable. ¿Crees que ha descubierto algo sobre aquella chica que estaba embarazada?
– No creo.
– ¿No le habrás dicho nada?
– Venga, compañero…
– Perdona, Tiberio. Ya sé que no has dicho nada.
– ¿Qué te ha escrito Henri?
– Dice que ha tenido entre sus manos un pequeño Miguel Ángel inédito. Sospecha que la cosa pudo haber sido robada de un fondo de archivos inexplorado y ha pensado en la Vaticana. Después llamó a Lorenzo para hablarle del asunto, porque piensa que como trabaja en el Vaticano puede haber advertido algún tipo de tráfico, si es que lo hay. Lorenzo ha interrogado a Maria, que no ha notado nada de especial en la biblioteca en estos últimos tiempos. Ahí se termina toda la historia. Y a pesar de todo, aunque le horroriza molestarse por minucias, desembarca en Roma para «estudiar el asunto más de cerca». En pleno mes de junio. Es absurdo.
– Puede que no lo haya dicho todo, puede que tenga una pista sólida, dudas sobre sus antiguos colegas. A lo mejor quiere silenciar todo el asunto personalmente.
