En verdad Tiberio se había hecho con frecuencia esa pregunta. ¿Qué demonios hacía la singular y magnífica Laura en brazos de un tipo tan serio y tan intransigente? Era inexplicable. Daba la impresión, incluso, de que Henri Valhubert ni siquiera se daba cuenta de hasta qué punto su mujer era singular y magnífica. Tiberio se hubiese muerto de aburrimiento de haber tenido que vivir con Henri, pero Laura no parecía morirse en absoluto. Incluso Claudio encontraba inaudito que su padre hubiese conseguido casarse con una mujer como Laura. «Se trata probablemente de un milagro, aprovechémonos», decía. Se trataba de un problema sobre el cual Claudio y él habían dejado de pensar desde hacía tiempo y que siempre habían resuelto concluyendo: «Es inexplicable».

– Es inexplicable -repitió Tiberio-. ¿Qué demonios haces con esa lima de uñas?

– Aprovecho nuestra espera para perfeccionar mi apariencia. Si estás interesado -añadió tras un silencio-, poseo una segunda lima.

Tiberio se preguntó si era realmente una buena idea presentar Nerón a Laura. Laura también tenía su lado frágil. Era capaz de desmoronarse con un golpe.

II

A Henri Valhubert no le gustaban las cosas perturbadoras. Abrió la mano y la dejó caer sobre la mesa con un suspiro.

– Sí, lo es -dijo.

– ¿Está seguro? -preguntó su visitante.

Henri Valhubert alzó una ceja.

– Discúlpeme -dijo el hombre-. Si usted lo dice.

– Se trata de un boceto de Miguel Ángel -continuó Valhubert-, un fragmento de torso y un muslo, y nos lo encontramos circulando por París.

– ¿Un boceto?

– Exactamente. Es un boceto tardío, y vale millones porque no proviene de ninguna colección privada o pública conocida. Es un inédito, lo nunca visto. Un esbozo de muslo circulando por París. Cómprelo y hará un negocio estupendo. A menos, claro, que se trate de un robo.



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