– Hoy en día ya no se puede robar un Miguel Ángel. No es que abunden.

– En el Vaticano, sí. En los inmensos fondos de archivo de la Biblioteca Vaticana… Este papel huele a la Vaticana.

– ¿Huele?

– Huele, en efecto.

¡Qué estupidez! Henri Valhubert sabía muy bien que cualquier papel viejo huele exactamente igual que otro papel viejo. Sin embargo, lo apartó molesto. ¿Por qué estaba tan turbado? No era el mejor momento para pensar en Roma. Claro que no. Aquel calor de entonces, cuando en la Biblioteca Vaticana se había visto envuelto en una búsqueda frenética de imágenes barrocas, y los papeles crujían en medio del silencio al ser hojeados. ¿Se sentía frenético en la actualidad? Ya no, en absoluto. Dirigía cuatro negocios de edición artística, manejaba un montón de pasta, la gente se apresuraba a pedirle su opinión, se disculpaba antes de dirigirle la palabra, su hijo lo evitaba; e incluso Laura, su mujer, titubeaba antes de interrumpirle. Sin embargo cuando se habían conocido, a Laura no le importaba lo más mínimo interrumpirlo. Venía a esperarlo por las tardes bajo las ventanas del palacio Farnesio en Roma, con una gran camisa blanca de su padre ceñida a la cintura. Él le contaba lo que había sacado en limpio de aquella jornada calurosa en la vieja Vaticana, y Laura lo escuchaba gravemente con el perfil arqueado. Y luego, de repente, le daba igual y lo interrumpía.

Ahora, en cambio, ya no. Ya habían pasado dieciocho años e incluso Miguel Ángel lo llenaba de melancolía. Henri Valhubert detestaba los recuerdos. ¿Por qué venía este tipo a ponerle delante de las narices aquel apestoso papel? ¿Y por qué seguía él siendo aún lo bastante esnob como para disfrutar diciendo «La Vaticana», igual que si se tratase de una vieja amiga, en vez de decir «la Biblioteca Vaticana» como todo el mundo, con respeto? ¿Y por qué Laura se iba a Roma casi todos los meses? ¿Acaso sus padres, que se pudrían lejos de la gran urbe, exigían tal cantidad de viajes?



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