
En los días en que se cernía sobre la ciudad la sombra de un temor cada vez mayor y sin nombre, pesada como una niebla, en las oscuras esquinas de las calles en que espantosos tiroteos rasgaban el silencio de la noche, haciendo saltar los guijarros y rompiendo con siniestro estrépito los cristales de los escaparates en aquellos días en que las personas pertenecientes al círculo de relaciones de los Argounov desaparecían como copos de nieve al contacto de la llama, la familia, reunida en la antecámara de su grande y granítica residencia, con una considerable suma de dinero en el arca de caudales, algunas joyas y un terror que cada campanillazo reavivaba, no encontró otra solución mejor que la fuga. Por aquellos días había terminado ya, en Petrogrado, el estrépito de la revolución; la ciudad se había resignado desesperadamente a la victoria roja; pero en el sur de Rusia roncaba todavía la guerra civil. El sur estaba en manos del Ejército Blanco, aquel ejército que, esparcido por todo el vasto país, en ignorados pueblos separados por millas y millas de líneas férreas inutilizadas, combatía haciendo ondear sus banderas tricolores, con un concepto confuso e inquieto del enemigo y ningún concepto real de su importancia.
Abandonado Petrogrado, los Argounov se dirigieron a Crimea. Allí debían aguardar que la capital quedase liberada del yugo rojo. Tras de sí dejaban salones en cuyos altos espejos se reflejaban arañas de resplandeciente cristal, pieles perfumadas y caballos excelentemente adiestrados, anchos ventanales que se abrían a una calle de bellos e imponentes edificios, la calle Kamenostrovsky, en el barrio elegante de la capital. Pasaron cuatro años en barracas llenas de gente, donde los cortantes vientos de Crimea se filtraban a través de las paredes de piedra porosa; cuatro años de té con sacarina; de cebollas fritas en aceite de linaza, de bombardeos nocturnos y de siniestros amaneceres, cuando únicamente la bandera roja o la tricolor en las calles indicaban a qué manos había pasado la ciudad.
