Por seis veces alternaron las banderas en Crimea; pero el año 1921 vio el final de la lucha. Desde las orillas del mar Blanco a las del mar Negro, desde los confines de Polonia hasta los ríos amarillos de la China, la bandera roja fue izada en triunfo a los acordes de La Internacional y al estruendo de las puertas del mundo que se cerraban para Rusia.

Los Argounov habían salido de Petrogrado en otoño, serenos, casi alegres. Su viaje les parecía una molestia, pero creían que iba a durar poco. Pensaban estar de vuelta en primavera, y Galina Petrovna no había permitido que Alexander Dimitrievitch se llevase el abrigo de pieles.

– ¿Pues qué? ¿Crees que esto va a durar un año? -decía riéndose del gobierno de los soviets.

No habían estado fuera un año, sino cinco. En 1922, con sorda resignación, la familia había emprendido el viaje de regreso a Petrogrado, para volver a empezar la vida, si era posible. Una vez en el tren, a los primeros chirridos de las ruedas, a las sacudidas del coche, los Argounov se miraron en silencio unos a otros. Galina Petrovna pensaba en el palacio de la calle Kamenostrovsky y se preguntaba si volvería a poseerlo jamás; Lidia volvía a ver con el pensamiento la antigua iglesia donde, de niña, se había arrodillado en todas las Pascuas y experimentaba un insistente deseo de visitarla en cuanto llegase a Petrogrado; Alexander Dimitrievitch no pensaba; Kira se acordaba de golpe de que cuando iba al teatro, su momento preferido era aquel en que, apagadas ya las luces, el telón ondeaba antes de levantarse, y se preguntaba maravillada el por qué de este recuerdo. La mesita en que Kira estaba sentada se apoyaba en dos bancos de madera; diez cabezas se veían unas frente a otras como dos paredes rígidas y hostiles que se moviesen según el ritmo del tren, que corría a saltos; diez puntos blancos y polvorientos en la penumbra; Alexander Dimitrievitch y el leve reflejo de sus gafas de oro, Galina Petrovna con el rostro más blanco que las blancas páginas de su libro, un joven oficial soviético y el rápido centelleo de la luz sobre su bolsa nueva de cuero, un campesino barbudo envuelto en una maloliente pelliza y que se rascaba sin ningún reparo.



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