Como secretario del Tesoro, había transformado el país, de faro y guía republicano para la humanidad, en un paraíso para especuladores. Diez años antes, de un plumazo, a mí me había transformado de patriota en proscrito.

Saqué del bolsillo un reloj, en aquel momento mi única posesión de valor si no contaba a mi esclavo, Leónidas. A pesar de las decisiones que habían prevalecido entre los juiciosos redactores de nuestra Constitución, yo nunca había concebido del todo a Leónidas como una propiedad. Era un hombre, y mejor que cualquiera que haya conocido. No encajaba conmigo que tuviera un esclavo, sobre todo en una ciudad como Filadelfia, cuya reducida población de negros propiedad de alguien no pasaba de unas decenas y donde se podía encontrar cincuenta negros libres por cada esclavo. Yo no podría jamás vender a Leónidas, por muy acuciante que fuese la necesidad, porque no me parece correcto comprar y vender seres humanos. Por otra parte, aunque no era culpa suya, Leónidas valdría en una subasta el equivalente a cincuenta o sesenta libras en dólares y siempre me había parecido una locura emancipar semejante suma.

Así pues, en términos prácticos, el reloj era en aquel momento mi único objeto de valor; un hecho lamentable, dado que se lo había quitado a su legítimo propietario apenas unas horas antes. Su brillante esfera me indicaba que eran las ocho y media. Dorland habría terminado de cenar -tarde, como era la moda- hacía más de dos horas y habría tenido tiempo suficiente para reunir a sus amigos y venir a buscarme. Podía llegar en cualquier momento.

Devolví al bolsillo el reloj que había robado en Chestnut Street. Su propietario era un orondo comerciante, pomposo y engreído, que estaba hablando con otro pisaverde como él en mitad de la acera y no me había prestado atención cuando había pasado rozándolo.



3 из 586