
Eso fue durante la guerra. Ahora estábamos a principios de 1792 y yo me hallaba en el bar de El León y la Campana, en esa parte de Filadelfia que, eufemísticamente, denominaban Helltown, la ciudad del Infierno. En este escenario deshonroso, apuré mi whisky con agua caliente mientras esperaba a que la muerte me encontrara. Bebía dando la espalda a la puerta porque no tenía ningún deseo de ver venir a mi enemigo y porque El León y la Campana era el local menos seductor -y los había realmente repulsivos- de todo Helltown. El aire estaba cargado del humo de tabaco barato de las pipas y el suelo, de simple tierra, se había enfangado con la lluvia helada de fuera, las bebidas derramadas, los esputos y los escupitajos de tabaco de mascar. Los bancos bailaban desequilibrados sobre los surcos y caballones recién formados en el suelo y, de vez en cuando, los parroquianos ebrios tropezaban y caían al fango como árboles talados. Cuando esto sucedía, tal vez un compañero de juerga se dignaba agacharse y volver al caído boca arriba para que no se ahogara, pero no había ninguna seguridad de que lo hiciera. Los amigos que uno hacía en Helltown no eran los más recomendables.
Se reunía allí una curiosa mezcolanza: pobres, prostitutas, desesperados, criados huidos de sus amos por una noche, por un mes o para siempre. Y junto a esta gente estaban, lanzando los dados sobre superficies desiguales o inclinados sobre una mano de cartas extendida encima de un tapete descosido, los caballeros con sus finos trajes de lana, sus medias blancas y sus hebillas de plata relucientes. Estos habían acudido a observar y a codearse con la pintoresca chusma y, la mayoría de ellos, a jugar. Era el ánimo que reinaba en la ciudad, ahora que Alexander Hamilton, aquel pasmoso bufón, había inaugurado su gran proyecto, el Banco de Estados Unidos.
