—¿Le has visto? ¿Cuándo?

— Ayer.

—¿Qué día regresó?

— Anteayer por la noche, precisamente después de atravesar la órbita de Neptuno. Y me dijo que se habían desviado al regresar. — ¿Cuánto? ¿Y cómo?

— No se lo pregunté. Su visita fue una exhalación. Vendrá por aquí este verano.

—¡Este verano! ¡Conque este verano! Prepara un telegrama ordenándole que venga inmediatamente con sus compañeros y el diario de a bordo. El hijo del jardinero lo llevará a Telégrafos. ¡Esto puede ser la solución del enigma! ¡Este verano, tiene gracia! ¡Vamos, muévete! ¿Aún estás por aquí?

Me eclipsé y redacté el telegrama, que Benito llevó corriendo, al pueblo. Nunca sabré si Bernardo lo recibió.

Después me fui a la casa de mi tío, donde encontré a los invitados. Primero a Vandal, de quien yo había sido alumno cuando preparaba mi licenciatura: alto y encorvado, de plateada cabellera, aun cuando apenas contaba con cuarenta y cinco años. Me presentó a su amigo Massacre, pequeño y moreno, de gestos elocuentes, y a Breffort, de buena planta, huesudo y taciturno.

Puntualmente, a las siete y veinte, llegaron mi tío y su comitiva. Y a las siete y media estábamos en la mesa.

Exceptuando a mi tío y a Menard, visiblemente preocupado, todos estábamos alegres incluso Breffort, que nos explicó con ironía las dificultades que tuvo para evitar un matrimonio realmente honorífico, pero poco agradable, con Ona, la hija de un jefe de la Tierra de Fuego. Por mi parte, estaba fascinado a causa de Martina. Cuando estaba seria, su bello rostro reposaba como un mármol frío, pero cuando sonreía, sus ojos centelleaban, sacudía su abundante cabellera inclinando ligeramente la cabeza y, en verdad, que estaba aún más guapa.



10 из 171