No gocé mucho tiempo de su compañía aquella noche. A las 8.15 horas, mi tío se levantó y le hizo una seña. Salieron con Menard y, a través de la ventana, vi cómo se dirigían hacia el observatorio.

II — EL CATACLISMO

Pasamos a la terraza para tomar el cate. El atardecer era suave. El sol poniente enrojecía las elevadas montañas, sobre el Este. Miguel hablaba del descrédito en que habían caído los estudios de astronomía planetaria desde que, según su expresión, la misión Pablo Bernadac había iniciado la marcha «sobre el propio terreno». Después Vandal nos puso al corriente de los últimos hallazgos en biología. Se hizo de noche. Una media luna brillaba encima de las montañas, las estrellas centelleaban.

El relente nocturno nos forzó a entrar en el salón. Las luces estaban apagadas. Yo estaba sentado frente a la ventana, al lado de Miguel. Todos los detalles de este atardecer los tengo grabados, a pesar de los años, en mi memoria. Veía la cúpula del observatorio destacando a contra luz, flanqueada de pequeñas torres, albergue de las lentes accesorias. La conversación se había escindido en apartes, y yo hablaba con Miguel. Sin saber por qué, me sentía feliz y ligero. Tenía la impresión de pesar muy poco y estaba tan cómodo en mi sillón como un buen nadador en el agua.

En el observatorio, se iluminó una pequeña ventana, se apagó, volvió a iluminarse.

— El jefe necesita de mí —dijo Miguel—. Voy para allá.

Consultó su reloj fosforescente.

—¿Qué hora es? — le pregunté.

— Las 11.36 horas.

Se levantó y, ante su estupefacción y la nuestra, este sencillo gesto le proyectó contra el muro, a unos tres metros largos.

—¡Pero… si no peso nada!



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