
—¿Entonces la Tierra se acabó para nosotros?
—¡Me lo temo! En fin, ocúpate ahora de encontrar a Miguel.
Lo encontré escasamente unos pasos más allá. Dos hombres le acompañaban, uno de ellos moreno, de unos treinta años, y el otro aproximadamente diez años mayor. Miguel nos presentó, lo cual me pareció cómico, teniendo en cuenta las circunstancias. Se trataba de Simón Beuvin, ingeniero electricista, y de Jaime Estranges, ingeniero metalúrgico, director de la fábrica.
— Veníamos a ver lo que ha ocurrido — dijo Estranges—. Ante todo hemos bajado al pueblo, donde los equipos de socorro se han organizado inmediatamente. Hemos mandado a nuestros obreros como refuerzos. La iglesia se ha hundido. La alcaldía ha sepultado al alcalde y a su familia. Los primeros cálculos fueron de unos cincuenta heridos, algunos de ellos graves, y once muertos, además del alcalde y su familia. Por lo demás, la mayoría de las casas han resistido bien
—¿Y vosotros? — inquirió mi tío.
— Pocos estragos. Sabe usted, estas casas prefabricadas son ligeras y hacen bloque. En la fábrica, algunas máquinas arrancadas. Mi mujer tiene unos cortes poco profundos. Es nuestro único herido — contestó Beuvin.
— Tenemos entre nosotros un cirujano. Vamos a mandarlo al pueblo.
Después, volviéndose hacia Miguel y a mí:
— Ayudadme. Me voy a la casa. Martina, lleva a Menard. Señores, vengan con nosotros.
Cuando llegamos a la casa vimos que Vandal y Massacre habían trabajado con eficacia. Todo estaba nuevamente en orden. Mi hermano y Breffort reposaban en sendas camas. Massacre preparaba su maletín.
— Voy a bajar — dijo—. Debe haber trabajo para mí.
— En efecto — corroboró mi tía—. Estos señores vienen de allí; hay muchos heridos.
Me senté cerca del lecho de Pablo.
—¿Qué tal va, muchacho?
— Bien, apenas un ligero dolor en la pierna.
—¿Y Breffort?
