
SEGUNDA PARTE — LOS ROBINSONES DEL ESPACIO
I — LOS ESCOMBROS
No puedo describir el alud de sentimientos que se abatió sobre mí. Inconscientemente, a pesar de toda su novedad, yo había asimilado la catástrofe según las normas terrestres: grandes olas, seísmos, erupciones y súbitamente me encontré ante este hecho imposible, enloquecedor pero real. ¡Me encontraba en un mundo iluminado por dos astros solares! No, no sabría explicar la turbación que se apoderó de mí. Intentaba negar la evidencia.
—¡Pero… a pesar de todo estamos en la Tierra, aquí está la montaña y el Observatorio, y allí abajo el pueblo!
— Estoy realmente sentado en un pedazo de Tierra — repuso mi tío—. Pero, a menos que yo sea tan ignorante como para desconocer un hecho de esta importancia, nuestro sistema terrestre no admite más que un Sol, y aquí hay dos.
— Pero entonces, ¿dónde estamos?
— Te repito que no lo sé. Estábamos en el Observatorio. Al vacilar éste, pensé que se trataba de un temblor de tierra y salimos Martina y yo. Encontramos a Miguel en la escalera y fuimos proyectados fuera. Perdimos el conocimiento y no vimos nada más.
— Yo sí —dije con un escalofrío—. Vi cómo las montañas desaparecían con el Observatorio en medio de un resplandor lívido. Después me encontré fuera también, ¡y el Observatorio estaba allí de nuevo!
— Y pensar que con cuatro astrónomos, ninguno ha sido testigo de ello — se lamentó.
— Miguel vio cómo comenzaba. ¿Pero dónde está? Tarda demasiado…
— En efecto — dijo Martina—. Voy a ver.
— No, me corresponde ir a mí. Tío, por piedad, ¿dónde piensa usted que hemos ido a parar?
— Te repito que todavía no lo sé. Pero con seguridad no en la Tierra. Incluso pudiera ser — musitó— que ni en nuestro Universo.
