Consultó su reloj.

— Las 4 y 20. Debo marchar. ¡Felices vacaciones! ¿Cuándo vendrás con nosotros? Próximo objetivo: los satélites de Júpiter. Por cierto que habrá trabajo para dos geólogos, como mínimo. Allí tendrás un buen tema para la tesis, bastante nuevo al menos. Volveremos a hablar de ello. Tengo la intención de pasar a ver a tu tío este verano.

Cerró la puerta tras él. Jamás volveríamos a vernos. ¡Mi viejo Bernardo! Seguramente ha muerto. Tendría ya noventa y seis años. Sostenía, por cierto, que los marcianos poseen el secreto para doblar la vida de los hombres. Quizá vive aún, en algún lugar del Espacio. Si hubiera sabido lo que debía acontecerme, no me habría abandonado.

Con mi hermano tomé el tren aquella misma noche. Al día siguiente, hacia las cuatro de la tarde, llegamos a la estación de… no importa el nombre, no lo tengo anotado y no puedo acordarme de él. Era una estación pequeña e insignificante. Nos aguardaban. Apoyado en un coche, un hombre joven, rubio y más alto que yo, hizo señas. En seguida se presentó.

— Miguel Sauvage. Vuestro tío se excusa de no haber podido venir, ya que se halla retenido por un urgente e importante trabajo.

—¿De nuevo con las nebulosas? — preguntó mi hermano.

— Con las nebulosas, no. Mejor en el Universo. Ayer noche, yo quise fotografiar Andrómeda, a causa de una «supernova» que habíamos descubierto. Hice el cálculo para enfocar el gran telescopio y, afortunadamente, por curiosidad, eché un vistazo por la mirilla, el pequeño anteojo que se regula paralelamente al gran «tele». ¡Andrómeda no estaba! ¡La encontré… a 18 grados de su posición normal!



6 из 171