
— Es curioso — observé, vivamente interesado—. Bernardo Verilhac me dijo ayer…
—¿Ha regresado? — cortó Miguel.
— Sí, atravesaron la órbita de Neptuno. Me dijo que sus cálculos resultaron falsos, o que algo, a la vuelta, les había desviado de su ruta.
— Esto interesará mucho al señor Bournat.
— Bernardo pasará este verano por el observatorio. Entre tanto, voy a escribirle pidiendo detalles.
Mientras estábamos hablando, el coche corría con rapidez por el valle. Una vía férrea seguía la carretera.
—¿El tren llegará hasta el pueblo?
— No, es la línea construida recientemente por la fábrica de metales ligeros, que nos ha sido cedida. Afortunadamente toda la instalación es eléctrica. En otro caso, habría sido forzoso desplazarla, o desplazar el observatorio.
—¿Es importante esta fábrica?
— Trescientos cincuenta obreros, de momento. Su número doblará, como mínimo.
Tomamos la carretera en espiral que subía al observatorio, situado en la cima de un pequeño montículo. A sus pies, en el valle, el pueblo se encaramaba graciosamente. Algo más elevada se extendía la aglomeración de la industria y las casas prefabricadas del personal. Una línea de alta tensión se perdía a lo lejos, detrás de las montañas.
— Proviene de la presa construida especialmente para la fábrica. Nos suministra también la corriente — explicó Miguel.
En la base misma del observatorio se levantaban las casas de mi tío y sus ayudantes.
—¡Cómo ha cambiado en dos años! — observó mi hermano.
— Esta noche seremos muchos a cenar: vuestro tío, Menard, vosotros dos, mi hermana y yo, Vandal, el biólogo…
—¡Vandal! Nos conocemos desde niños. Es un viejo amigo de la familia.
— Está aquí con uno de sus colegas de Academia, el célebre cirujano Massacre.
— Un nombre curioso para un cirujano — bromeó mi hermano Pablo—. Francamente no me dejaría operar por él.
