
— Te equivocas. ¡Es el cirujano más hábil de Francia y probablemente de Europa! Tenemos también con nosotros a un amigo y discípulo suyo, el antropólogo Andrés Breffort.
—¿Breffort, el que ha investigado sobre los patagones? — pregunté.
— El mismo. Como veis, la casa es grande, pero bien poblada.
Tan pronto como llegamos, penetré en el observatorio y llamé a la puerta del despacho de mi tío.
—¡Entre! — gritó.
—¡Ah! eres tú —dijo, suavizando el tono de voz. Se levantó del sillón, desplegando su gigantesca estatura, y me estrechó en un feroz abrazo. Lo veo todavía, con su cabello y sus cejas grises, los ojos como carbón y su enorme barba de ébano en abanico sobre su chaleco.
Un tímido «Buenos días, Sr. Bournat» me obligó a dar media vuelta, Allí estaba de pie delante de su mesa, el insignificante Menard, con todos sus papeles plagados de signos algebraicos. Era un hombrecito con barba de chivo y una inmensa frente llena de arrugas. Bajo esta mezquina apariencia se ocultaba alguien capaz de hablar doce idiomas, de extraer raíces inverosímiles y para quien las más áridas especulaciones matemáticas y de física trascendental eran tan familiares como, para mí el contorno de las cercanías de Burdeos. En estas materias, mi tío, observador e investigador admirable, no le llegaba a la suela de los zapatos; pero compenetrados dominaban completamente la Astronomía y la Física Nuclear.
El teclear de una máquina llamó mi atención hacia otro ángulo.
— Es verdad — dijo mi tío—. Olvidé presentarte. Señorita, mi sobrino Juan, una mala pieza que jamás ha sabido sumar correctamente. ¡La vergüenza de la familia!
— No soy el único — protesté—. Pablo no es mejor que yo.
— Es cierto — admitió—. ¡Y pensar que su padre hacía malabarismos con las integrales! La raza pierde. En fin, no seamos injustos con lo que son. Juan será un excelente geólogo y espero que Pablo realizará un buen estudio sobre los asirios.
