
– ¿No aceptarían, dadas las circunstancias, poner tu nombre…?
– ¡Válgame Dios, cuánto te falta aprender! -le gritó. Pero al mismo tiempo se le llenaron de lágrimas los ojos y Fabia se conmovió. Le costaba trabajo controlar su propio llanto y la periodista le pidió con voz temblorosa-: ¿No podrías hacerme este gran favor? Sólo te estoy pidiendo una hora de tu vida… eso es todo.
– ¡Ay, Cara! -lloró, sintiéndose el ser más malvado de la tierra. ¿Qué significaba una hora en toda una vida, por amor de Dios?
– No te estoy pidiendo que escribas la entrevista. Yo puedo hacerlo cuando tú me entregues tus anotaciones. Lo único que te estoy pidiéndoles que consigas algunos datos relevantes, respuestas que yo pueda redactar -explicó con voz temblorosa-. ¿Harías eso por mí, cariño?
– Claro que sí -¿cómo podía rehusarse?, y desde ese momento hasta que llegó la hora de ir al aeropuerto estuvo escuchando intensamente todas las instrucciones que Cara tenía que darle.
Para cuando estaban en camino, Fabia ya conocía la dirección de Vendelin Gajdusek y se devanaba los sesos pensando en qué otra cosa debería saber.
Llegaron al aeropuerto con bastante tiempo de anticipación, y Fabia le sugirió a su hermana que llamara a sus padres para avisarles de Barney.
– No, no lo creo -declaró Cara-. Además ya se habrán acostado a dormir. Si Barney empeora -prosiguió y se le quebró la voz-, los llamaré. Por lo pronto me harás un gran favor si tú tampoco les avisas. Tratarán de desanimarte para que no vayas a Checoslovaquia a hacer mi trabajo, ya sabes como son.
– ¡No puedo decirles mentiras! -replicó Fabia reacia, aunque en vista de lo qué estaba pasando su hermana, se resignó.
– No tendrás que hacerlo. Ellos saben que ambas manejaremos durante estas vacaciones de trabajo.
