
– ¿No se ofenderá el señor Gajdusek de que lo entreviste una persona que no es periodista profesional? -preguntó con inocencia y quedó horrorizada no sólo ante la expresión de ira en el rostro de su hermana sino por su respuesta.
– ¡En serio! -explotó con impaciencia-, ¡no le puedes revelar que tú no eres una profesional! -gritó, y murmurando algo que sonaba desagradable agregó-: ¡Tienes que fingir que eres yo… Cara Kingsdale! -insistió.
– ¡Yo no puedo hacer eso! -exclamó Fabia asombrada.
– ¡Por amor de Dios! No es como si ya nos conociera a ambas o si fuera a volvernos a ver -silbó Cara y cuando las personas empezaban a mirarlas, su tono cambió por completo-. ¿Te avergonzaría tanto fingir que eres yo por una hora? -preguntó lamentándose. Y, jugando su última carta-. ¿Me defraudarías… ahora?
Fabia condujo el auto hasta Dover, disgustada consigo misma porque en lugar de cooperar cuando Cara tenía tanto de qué preocuparse, había puesto obstáculos. Trató de animarse cuando subió al transbordador porque habiéndose rendido de inmediato y completamente le había asegurado a su hermana que podía irse al lado de su marido con toda tranquilidad y que habiéndole dado su palabra, jamás la defraudaría si de ella dependiera.
