Los acontecimientos no habían resultado como los había planeado. ¡Cómo deseaba que su hermana estuviera allí! Debía estar con ella, de hecho era Cara la que iba a hacer el viaje a Checoslovaquia sola.

Sin querer, Fabia recordó su hogar en Gluocestershire donde vivía con sus padres en el pueblo de Hawk Lacey. Su familia tenía una pequeña empresa y una instalación para cuidar perros mientras sus dueños salían de vacaciones. A Fabia le encantaban los canes y los gatos, y había pensado estudiar para veterinaria. Estaba estudiando para el examen de admisión cuando su padre descubrió que se había estado durmiendo con un atractivo spaniel lo que hizo al señor expresar sus dudas en palabras.

– Sé que alguien tiene que dedicarse a ello, cariño -declaró con sensibilidad-, pero creo que no tienes el carácter para soportar el lado triste de esa profesión.

– ¿No te sentirás desilusionada si no entro a estudiar esa carrera? -le había ella preguntado, y se sintió más contenta que hacía semanas cuando le respondió.

– No seas tonta -bromeó él.

Cuando Fabia dejó la escuela, parecía estar hecha para dedicarse a darles de comer y ejercitar a los perros proporcionándoles todo el amor y la atención que tanto necesitaban.

A su hermana también le gustaban los animales, pero nunca había tenido nada que ver con ellos, se había salido de su casa al cumplir los dieciocho años. Cara se había casado y vivía con Barney en Londres, pero iba a visitarlos a Hawk Lacey siempre que podía. A veces Barney la acompañaba, pero, como a menudo ella podía coordinar las visitas con algún reportaje en esa área, iba sola.

Fue en una de esas ocasiones, en febrero, dos meses atrás, cuando, habiendo manejado a Cheltenham para hacer una entrevista, se desvió para verlos. Fabia sintió que estaba muy emocionada y comprendió que no era la única cuando apenas se sentaron a tomar el té, su padre le preguntó ya que era muy observador:



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