
– ¿Vas a ir con él? -era más una declaración que una pregunta.
– Llamé de inmediato al aeropuerto, ya reservé en el primer vuelo que sale hacia allá. ¿Podrías llevarme? Me siento demasiado nerviosa para manejar -confesó Cara.
– Claro que sí -respondió Fabia sin titubear, y estaba a punto de añadir que se iría en el mismo vuelo cuando notó un cambio en la expresión de su hermana. Conociéndola bien, Fabia se maravillaba de que a pesar de que Barney estaba por lo visto, bastante grave, Cara hacía un gran esfuerzo para sobreponerse a la noticia que había recibido hacía menos de una hora.
Se maravilló todavía más cuando la eficiencia de su hermana salió a flote al declarar:
– Según mis cálculos tendrás tiempo todavía de llegar a Dover después de dejarme en el aeropuerto -y continuando en la misma línea antes de que Fabia la convenciera de que no iría a Checoslovaquia sin ella-. Te tardarás como cuatro horas en cruzar de modo que podrás dormir y descansar antes de… -se calló, pero parecía tratar con desesperación de no pensar en la gravedad de su adorado marido hablando de su trabajo-. Es increíble que tenga que perder la oportunidad de entrevistas a Gajdusek -suspiró temblorosa-. Era la entrevista de una vida.
Fabia había olvidado todo acerca de la cita de su hermana para el viernes a las once, pero sintió lástima por ella.
– Cuánto lo siento -le dijo con ternura, consciente de todo lo que significaba para Cara. Por lo tanto sólo pudo amar y admirar más a su hermana porque al tener que escoger entre la entrevista más importante de su carrera y volar para estar junto al lecho del enfermo había elegido, sin titubear, adonde estaba su esposo. Fabia sintió que las lágrimas la iban a traicionar, comprendió que estaba en peligro de mostrarse abrumada y eso no ayudaría en nada. De modo que, reprimiendo el llanto, trató de ofrecer alguna ayuda más práctica-. Quizás -sugirió tentativamente-, otra persona pueda hacer esa entrevista en tu lugar.
