Michael Connelly


Luna Funesta

2000


A Linda,

por los primeros quince.


Alrededor de ellos la algarabía de la codicia continuaba en sus más extremos y gloriosos excesos. Pero no podía mellar siquiera su mundo.

Ella interrumpió el contacto visual sólo el tiempo preciso para buscar su vaso y luego levantarlo de la mesa. Estaba vacío, salvo por el hielo y la guinda, pero eso no importaba. El respondió alzando el suyo, en el que quizá no quedaba más que un trago de cerveza y espuma.

– Hasta el final -dijo ella.

El sonrió y asintió. El la amaba y ella lo sabía.

– Hasta el final-repitió él y, tras una pausa, añadió-: Hasta el lugar donde el desierto es océano.

Ella le devolvió la sonrisa cuando entrechocaron las copas. Se acercó la suya a los labios y la guinda rodó hasta su boca. Lo miró de un modo insinuante mientras él se limpiaba la cerveza del bigote. Ella lo amaba. Eran los dos contra todo el puto mundo, pero no le parecía un combate desigual.

Entonces pensó en que lo había hecho todo mal y su sonrisa se esfumó. Debería haber previsto su reacción, debería haber imaginado que no la dejaría subir. Tendría que haber esperado a que todo concluyera para contárselo.



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