
– Max -dijo ella-, déjame hacerlo. Lo digo en serio. Sólo una vez más.
– Ni hablar. Subiré yo.
Se produjo un ruido en la planta del casino, y fue lo suficientemente alto para romper la barrera que los envolvía. Ella se fijó en un tejano con sombrero vaquero que bailaba en el extremo de una de las mesas de crap, justo debajo del pulpito que asomaba a la planta del casino. El tejano tenía una acompañante de pago a su lado, una mujer con melena que ya frecuentaba los casinos cuando Cassie empezó a trabajar de crupier en el Trop.
Cassie volvió a mirar a Max.
– Me muero de ganas de que nos vayamos de aquí para siempre. Déjame al menos que lo echemos a suertes.
Max negó lentamente con la cabeza.
– Ni lo sueñes. Lo haré yo.
Max se levantó y ella lo miró. Era guapo y moreno. A Cassie le gustaba la pequeña cicatriz que tenía bajo la barbilla, donde nunca le crecían los pelos.
– Creo que ya es hora -dijo Max.
El echó un vistazo al casino, pero su mirada no se detuvo en nada hasta que llegó al pulpito. Los ojos de Cassie siguieron a los de Max. Había un hombre allí, vestido de oscuro y mirando hacia abajo como un párroco mira a sus feligreses.
Ella trató de sonreír, pero los labios no le respondieron. Algo iba mal. Era el cambio de planes. Se dio cuenta de hasta qué punto deseaba subir y de cuánto iba a echar de menos la inyección de adrenalina. Entonces comprendió que se trataba de ella, no de Max. No estaba siendo protectora con él, estaba siendo egoísta. Deseaba esa sensación euforizante una vez más.
