Ella levantó el auricular al sexto timbrazo.

– ¿Leo?

Una pausa.

– No uses mi nombre. ¿Cómo estás, cielo?

– Estoy bien, ¿cómo estás…?

– Llevas cosa de un año fuera, ¿no?

– Oh, en realidad…

– Y no me has dicho ni hola. Pensaba que tendría noticias tuyas antes. Tienes suerte de que aún me acuerde de ese numerito de la perrera.

– Diez meses, llevo diez meses en la calle.

– ¿Y qué tal te va?

– Supongo que bien. De hecho, muy bien.

– No si me estás llamando.

– Ya sé.

Se produjo un largo silencio. Cassie oyó ruido de tráfico al otro lado de la línea. Supuso que Leo había salido de casa y había buscado un teléfono público en algún lugar de Ventura Boulevard, probablemente cerca de su restaurante habitual.

– Bueno, así que me has llamado tú primera -apuntó Leo.

– Eso es, sí. Estaba pensando… -Hizo una pausa y repensó todo una vez más-. Sí, necesito trabajo, Leo.

– No utilices mi nombre.

– Perdón. -Pero sonrió: el viejo Leo de siempre.

– Ya sabes que soy un paranoico clásico.

– En eso estaba pensando.

– Muy bien, así que estás buscando algo. Dame alguna pista, ¿de qué estamos hablando?

– Efectivo. Sólo un trabajo.

– ¿Un solo trabajo? -Sonaba sorprendido, decepcionado incluso-. ¿Cómo de gordo?

– Lo bastante gordo para desaparecer. Para tener un buen punto de partida.



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