
Caminó entre los juzgados municipal y del condado y atravesó la plaza que quedaba frente a la comisaría del Departamento de Policía de Los Angeles en Van Nuys. Allí había una fila de teléfonos públicos, junto a las escaleras que conducían a la entrada de la comisaría en el segundo piso. Levantó el auricular de uno de ellos, echó una moneda de veinticinco centavos y una de diez y marcó un número que había memorizado hacía más de un año, cuando aún estaba en High Desert. Le había llegado en una nota escondida en un tampón.
Un hombre contestó al tercer timbrazo.
– ¿Sí?
Hacía más de seis años que Cassie no oía aquella voz, pero le sonó auténtica y familiar. Contuvo la respiración.
– ¿Sí?
– ¿Eh?, sí, ¿está…?, ¿está el señor Reilly?
– No, se equivoca.
– ¿Es la perrera Reilly? Estaba llamando al… -Leyó el número del teléfono en el que se hallaba.
– ¿Qué clase de estupidez es ésa? Esto no es ninguna perrera, tiene el número equivocado.
El hombre colgó, y Cassie hizo lo mismo. Entonces ella se volvió y caminó hasta un banco de la plaza situado a cinco metros de los teléfonos. Lo compartió con un hombre despeinado, quien leía un periódico tan amarillento que sin duda era de hacía meses.
Cassie esperó casi cuarenta minutos. Cuando el teléfono por fin empezó a sonar, se hallaba en medio de una conversación a una sola banda con el tipo despeinado acerca de la calidad del servicio de comidas en la prisión de Van Nuys. Se levantó y se apresuró a contestar, mientras el tipo le gritaba una última queja.
– Las hamburguesas eran tan duras que jugábamos a hockey con ellas.
