El viejo búngalo tenía un gran tejado gris inclinado, al cual asomaban las ventanas de dos dormitorios. Cassie supuso que uno lo compartía la pareja y el otro pertenecía a la niña. Los laterales estaban pintados de un marrón rojizo y un gran porche ocupaba la fachada, cuya puerta de entrada era una cristalera con una sola luz. La familia acostumbraba a bajar las persianas sobre la puerta de cristal, pero ese día se hallaban subidas, tanto ésas como las del ventanal, y nada impedía a Cassie la visión de la sala de estar. Habían dejado una luz encendida.

El jardín delantero era, sin lugar a dudas, la zona de juego. El césped siempre se mantenía bien recortado y sobre el límite izquierdo del terreno había un columpio de madera y una estructura de barras. Cassie sabía que la niña que allí vivía prefería columpiarse de espaldas a la casa, mirando a la calle. Había meditado sobre esto a menudo, preguntándose si algo en esa costumbre podía interpretarse como una pista psicológica.

El columpio vacío no se movía ni un ápice. Cassie vio una pelota y un camión rojo en la hierba, también a la espera de recibir la atención de la niña. Pensó que la zona de juegos podía ser uno de los motivos por los que la familia se mudaba. A pesar de que en Los Angeles todo era relativo, Laurel Canyon constituía un remanso de razonable sosiego en una ciudad de crecimiento descontrolado. Aun así, en ningún barrio era recomendable que los niños jugaran en el jardín delantero, tan cerca de la calle, el lugar donde el peligro acechaba, donde podían resultar lastimados.

El anuncio, claro está, no mencionaba este problema potencial. Cassie bajó la mirada y lo leyó otra vez:


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