Monk no dio tiempo a Runcorn a añadir nada más, giró sobre sus talones y, dando grandes zancadas, dijo por lo bajo:

– Sí, señor.

Después salió dando casi un portazo.

Evan, con la expectación reflejada en su rostro sensible y cambiante, ya subía las escaleras a su encuentro.

– Un asesinato en Queen Anne Street -le anunció Monk, sintiendo que su irritación se desvanecía sólo con ver a aquel muchacho.

A Monk le encantaba Evan y, como no recordaba a otra persona por la que sintiera tanta simpatía y su memoria sólo alcanzaba hasta aquella mañana de cuatro meses atrás en la que se había despertado en el hospital -de hecho, al principio había pensado que se encontraba en un asilo-, su amistad con él todavía le resultaba más preciosa. Además, confiaba en Evan, por algo era una de las dos personas del mundo que sabían que en su vida había un espacio en blanco. En cuanto a la otra persona, Hester Latterly, difícilmente habría podido considerarla una amiga, puesto que aunque era una mujer inteligente y valiente también era testaruda y profundamente irritante, aunque reconocía que le había sido de gran ayuda en el caso Grey. Su padre había sido una de las víctimas de dicho caso y su muerte había obligado a Hester a abandonar el trabajo de enfermera en la guerra de Crimea, prácticamente terminada en aquel momento, a fin de reconfortar a su familia en su dolor. Era muy difícil, sin embargo, que Monk volviera a verla, a no ser cuando tuvieran que ir a declarar en el juicio de Menard Grey. Eso a Monk le traía sin cuidado ya que la consideraba acida y nada atractiva como mujer, es decir, todo lo contrario de su cuñada, cuyo rostro acudía a menudo a sus pensamientos para dejar en ellos un rastro fugaz de dulzura.

Evan dio media vuelta, siguió a Monk escaleras abajo pisándole los talones y, después de atravesar el despacho de recepción, salieron los dos a la calle. Era un día de finales de noviembre, despejado y ventoso. El viento agitaba las amplias faldas de las mujeres; un hombre que caminaba con el cuerpo ladeado y se agarraba con trabajo el sombrero de copa saltó para evitar el barro de un coche de caballos que pasó a gran velocidad. Evan hizo una seña a un hansom cab, moderno cabriolé que databa de nueve años atrás, mucho más práctico que los anticuados carruajes.



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