
– Queen Anne Street -ordenó al cochero y, así que él y Monk se hubieron acomodado, el coche se puso rápidamente en marcha a través de Tottenham Court Road y se dirigió hacia el este, pasó por Portland Place y Langham Place y, tras doblar en ángulo recto, enfiló Chandos Street hasta Queen Anne Street. Durante el trayecto Monk puso a Evan al corriente de lo que Runcorn le había dicho.
– ¿Quién es ese sir Basil Moidore? -preguntó Evan con su aire inocentón.
– No tengo ni idea -admitió Monk-, no me ha dado detalles. -Y seguidamente refunfuñó por lo bajo-: O no lo conoce o deja que lo descubramos nosotros, probablemente para que metamos la pata.
Evan sonrió. Estaba más que enterado de las malas relaciones existentes entre Monk y su superior y de las razones que ocultaban. No era fácil trabajar con Monk: era un hombre tozudo, ambicioso, intuitivo, de réplica pronta, ingeniosa y cortante. Por otro lado, la injusticia le alteraba el equilibrio emocional y le importaba poco ofender a quien fuese con tal de ajustarlo todo a derecho. Tenía poca paciencia con los tontos, entre los que incluía a Runcorn, y ésa era una opinión que en épocas pasadas se había esforzado muy poco en disimular.
Runcorn también era ambicioso, pero perseguía otros objetivos: pretendía entrar con buen pie en la sociedad, aspiraba al encomio de sus superiores y valoraba por encima de todo la seguridad. Tenía en mucho las escasas victorias que había conseguido sobre Monk y las paladeaba con delectación.
Estaban en Queen Anne Street, calle caracterizada por la elegancia y discreción de sus casas de armoniosas fachadas, altos ventanales e imponentes zaguanes.
