
Reconoció a Evan a la primera ojeada y su cara redonda adoptó una expresión cautelosa.
– ¡Hola, señor Evan! ¿Se puede saber qué quiere? No está en su terreno.
Evan no se molestó en mentir, no habría servido de nada y habría sido una prueba de mala fe.
– Es por lo del asesinato de anoche en la zona oeste, en Queen Anne Street.
– ¿De qué asesinato habla? -Willie parecía confundido, estado que reflejó su expresión cauta, sus ojos entrecerrados, en parte porque le daba en ellos el farol debajo del cual se había situado el carro del empanadero.
– Del asesinato de la hija de sir Basil Moidore, apuñalada en su propia habitación… por un ladrón.
– ¡Vaya, vaya! ¡Conque Basil Moidore, eh! -comentó Willie con aire dubitativo-. La casa debe valer un perú, pero seguro que está de criados hasta la bandera. ¿Y cómo se le ocurre a un ladrón entrar en una casa así? ¿Será estúpido? ¡Si es que hay cada imbécil!
– Mejor aclarar las cosas -dijo Evan avanzando los labios y haciendo unos ligeros movimientos con la cabeza.
– Yo no sé nada -se apresuró a decir Willie por pura rutina.
– Es posible, pero seguro que conoces a los ladrones de casas que trabajan en la zona -le espetó Evan.
– Pero no habrá sido ninguno -exclamó Willie al momento.
La expresión de Evan se ensombreció.
– ¡Como que no iban a darse cuenta si hubieran visto a algún intruso! -exclamó con sarcasmo.
Willie lo miró de reojo y se quedó pensativo. Evan tenía pinta de ingenuo, rostro de soñador, más propia de un señor que de un sargento de la pasma. Nada que ver con Monk, con ése mejor no tener que habérselas porque era un hombre ambicioso, tenía una mente retorcida y una lengua viperina. Lo sabía por intuición y por el gris de esos ojos que sostenían siempre la mirada: era peligroso andarle con triquiñuelas.
