Evan no tenía la menor idea de si debía creer o no en sus palabras pero, como no tenía nada mejor que hacer, se instaló nuevamente en la sombra, helado y aburrido, y decidió esperar. Llegó un cantante callejero que entonaba una balada en la que se contaban las andanzas de un cura que había seducido a una maestra de escuela y la había abandonado después, así como al hijo fruto del encuentro. Evan recordó haber leído el suceso en la prensa de unos meses atrás, aunque había que reconocer que la versión cantada era mucho más pintoresca. En menos de quince minutos, el cantante callejero y el carromato del vendedor de empanadas de anguila se habían atraído a una docena o más de clientes, todos los cuales se surtieron de empanadas y se quedaron a escuchar la balada. Gracias a su colaboración, el cantor callejero cenó gratis… y disfrutó de un público agradable.

De la zona oscura del sur salió de pronto un hombre enjuto, pero de expresión risueña, que se compró una empanada y la consumió con la misma delectación que Evan, después de lo cual compró una segunda con la que tuvo el gusto de obsequiar a un zarrapastroso chiquillo que merodeaba por los alrededores.

– ¿Has tenido una buena noche, Tosher? -le preguntó el vendedor de empanadas con aire de saber de qué hablaba.

– La mejor del mes -replicó Tosher-. ¡Me he encontrado un reloj de oro! ¡No salen muchos!

El empanadero soltó una carcajada.

– Algún señor elegante estará maldiciendo su suerte… -soltó una media sonrisa-. ¡Qué lástima!, ¿verdad?

– ¡Una lástima espantosa! -le confirmó Tosher mientras se le escapaba la risa.

Evan estaba lo bastante al corriente de la vida callejera para saber de qué iba la cosa. «Tosher» era el nombre que se daba a los que vagaban por las cloacas buscando objetos perdidos. En su opinión, tanto ellos como los pilletes que vagabundeaban por el río se tenían bien ganado lo que encontraban. Había que reconocer que no era ningún regalo. Había más gente que iba y venía: vendedores ambulantes que habían dado por terminada la jornada laboral, un cochero, un par de barqueros que subían la escalera que llevaba al río, una prostituta y, finalmente, cuando Evan ya estaba tieso de frío y tan envarado que ya ni se podía mover e incluso estaba a punto de desistir de su empeño, Willie Durkins.



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