Pero, reflexionó tristemente Vitali, no por mucho tiempo más.

El Sol salió por fin y desplazó las estrellas; a todas menos una, observó Vitali, la más brillante de todas. Se desplazaba con velocidad pausada pero no natural de un extremo al otro del cielo austral. Eran las ruinas de la estación espacial internacional, nunca completada, y abandonada en 2010, después de la colisión del antiguo transbordador espacial. Pero la estación todavía se movía a la deriva alrededor de la Tierra como una invitada indeseable a una fiesta que hacía mucho había finalizado.

En el paisaje estepario que se veía más allá de la ciudad, Vitali dejoatrás un camello que estaba parado pacientemente al costado del caminí), junto al cual había una mujer delgada vestida con harapos. Era una escena con la que Vitali pudo haberse topado en cualquier momento de los últimos mil años, pensaba; como si todos los grandes cambios, políticos, técnicos y sociales que se habían extendido de un extremo al otro de esta tierra hubiesen sido para nada. Quizás ésta fuera la realidad.

Pero bajo la cada vez más intensa luz del sol de este amanecer primaveral, la estepa estaba verde y sobre ella había esparcidas flores de un amarillo brillante. Vitali bajó la ventanilla con la palanca y trató de percibir la fragancia del campo que recordaba tan bien; pero su nariz, arruinada por toda una vida de tabaco, lo traicionó. Sintió una punzada de tristeza, como le ocurría siempre en esta época del año: la hierba y las flores pronto se irían. La primavera de las estepas era breve, tan trágicamente breve como la vida misma. Llegó al campo de lanzamiento.

Era un sitio de torres de acero que apuntaban hacia el cielo, de inmensos montículos de hormigón armado. El cosmodromo —mucho más vasto que sus competidores del oeste— cubría miles de kilómetros cuadrados de esta vacía tierra. Gran parte de este sitio estaba abandonado ahora, claro está; las grandes torres de lanzamiento iban oxidándose lentamente unas con el aire seco, y a otras se las había derribado para convertirlas en chatarra, con el consentimiento de las autoridades o sin él.



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