Habían transcurrido, de hecho, casi con exactitud, setenta años desde el lanzamiento del primer Molniya, relámpago, en 1965. Pudieron haber sido setenta días, tanta era la intensidad con que los sucesos estaban grabados en la mente de Vitali, cuando el joven ejército de científicos, ingenieros en cohetería, técnicos, obreros, cocineros, carpinteros y albañiles había llegado a esta poco prometedora estepa, y viviendo en chozas y tiendas, alternativamente calcinándose y congelándose, armados con poco más que su dedicación y el genio de Korolev, habían construido y lanzado las primeras naves espaciales de la humanidad.

El diseño de los satélites Molniya había sido absolutamente ingenioso: los grandes propulsores de Korolev no tenían la capacidad de lanzar un satélite hasta ponerlo en órbita geosincrónica, ese radio elevado en el que la estación habría de flotar por encima de un punto fijo de la superficie de la Tierra. De modo que Korolev lanzó sus satélites en trayectorias elípticas de ocho horas: con esas órbitas, cuidadosamente escogidas, tres Molniya pudieron brindar cobertura de comunicaciones para la mayor parte de la Unión Soviética. Durante décadas, la URSS, y luego Rusia, había mantenido constelaciones de Molniya en sus excéntricas órbitas, que a ese país tan grande y de contornos irregulares le proporcionaron la unidad social y económica esencial.

Vitali consideraba los satélites de comunicaciones Molniya como el logro más grandioso de Korolev, que incluso eclipsaba las proezas de ese diseñador en cuanto al lanzamiento de robots y seres humanos al espacio para tocar Marte y Venus, llegando incluso —estuvo tan cerca— hasta casi derrotar a los estadounidenses en la llegada a la Luna.

Pero ahora, quizá, la necesidad de esos maravillosos pájaros estaba desapareciendo finalmente.



5 из 397