
La gran torre de lanzamiento se desplazó hacia atrás y los últimos conductos de suministro de combustible se separaron y cayeron, retorciéndose con lentitud como gordas serpientes negras. Ante la vista apareció el contorno estilizado del propulsor en sí: una forma de aguja con el plisado barroco típico de los diseños anticuados, maravillosos, absolutamente confiables de Korolev. Aunque el sol ahora se encontraba alto en el cielo, el cohete estaba bañado en brillante luz artificial, envuelto en volutas de vapor exhalado por la masa de combustibles criogénicos que llevaba en los tanques.
Tri. Dva. Odin. Zashiganiye!
Ignición…
* * *
Mientras Kate Manzoni se acercaba a los predios de Nuestro Mundo, se preguntaba si había procurado ser algo más que de buen tono presentarse apenas lo suficientemente tarde para este acontecimiento grandioso, mientras brillante estaba el cielo del Estado de Washington pintado por el espectáculo de luces de Hiram Patterson.
Aviones pequeños lo cruzaban en todas direcciones, manteniendo una capa de polvo (sin la menor duda, ecológicamente admisible) sobre el cual los láseres pintaban imágenes virtuales de una Tierra en rotación. Cada pocos segundos el globo se volvía transparente, para revelar, engarzado en su núcleo, el familiar logotipo de la sociedad comercial Nuestro Mundo. Todo era absolutamente vulgar, claro está, y únicamente servía para oscurecer la verdadera belleza en lo alto, el claro cielo nocturno.
Kate hizo que se volviera opaco el techo del auto y halló imágenes consecutivas que se desplazaban por su campo visual.
Un robot teleguiado revoloteó por afuera del auto. Era otro globo terrestre que rotaba con lentitud y, cuando habló, su voz era suave, completamente sintética, desprovista de emoción.
—Por acá, Ms.
—Un momento, por favor. —Susurró: —Motor de búsqueda. Espejo.
