Habían pasado cuatro años y yo me había retirado. Supuestamente estaba acomodado. Tenía una casa sin hipoteca y un coche que había pagado al contado. Cobraba una pensión que cubría más de lo que necesitaba cubrir. Era como estar de vacaciones. Sin trabajo, sin preocupaciones, sin problemas. Pero me faltaba algo y no podía negármelo a mí mismo. Vivía como un músico de jazz que espera su concierto. Me quedaba despierto hasta muy tarde, mirando las paredes y bebiendo demasiado vino tinto. Una de dos, o empeñaba mi instrumento o buscaba un lugar donde tocar.

Y entonces recibí la llamada de Lawton Cross. Al final, la noticia de que me había retirado había llegado hasta él. Le pidió a su mujer que me llamara y ella le sostuvo el auricular para que pudiera hablar conmigo.

– Harry, ¿piensas alguna vez en Angella Benton?

– Siempre -le dije.

– Yo también, Harry. Estoy recuperando la memoria, y pienso mucho en ese caso.

Y con eso bastó. Cuando me había ido por última vez de la comisaría de Hollywood, pensé que había tenido suficiente, que ya había caminado alrededor de mi último cadáver, que había conducido mi última entrevista con alguien que sabía que era un mentiroso. Pero de todos modos salí con una caja llena de archivos: copias de mis casos abiertos en los doce años que llevaba investigando los homicidios de Hollywood.

El expediente de Angella Benton estaba en esa caja. No tenía necesidad de abrirlo para recordar los detalles, para recordar el aspecto de su cuerpo en el suelo de baldosas, expuesto y violado. Todavía me subyugaba. Me laceraba el hecho de que ella se hubiera perdido en los fuegos artificiales que vinieron después, me dolía pensar que su vida no había tenido importancia hasta que se robaron dos millones de dólares.



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