

Álvaro Pombo
Luzmila
Luzmila
Luzmila era flaca, alta y común. Había sido una buena moza de carga allá en sus tiempos de recadera de las monjas. Desde siempre, desde mucho antes de esa zona lamida y difusa donde empiezan sus recuerdos, han acudido a ella toda suerte de errátiles enjambres. Sus padres, cada cual tirando por su lado, la abuela imposibilitada desde el camastro, extendiendo las dos manos, con esa certera y ciega voracidad de la criaturas atrapadas, sus hermanos, las monjitas, que sin proponérselo pero con el infalible egoísmo de los ángeles, entretuvieron a Luzmila nueve o diez años haciéndole creer que entraría un día de novicia -para lega, que es lo que Luzmila quería ser-, llevando y trayendo los recaditos de pitiminí de las madres, y decir luego, a última hora, que no tenía «verdadera vocación» y que, en frase de la madre superiora, «estará mucho más hallada en una buena casa».
«¡Oh, Buen Jesús, yo creo firmemente -bisbiseaba Luzmila todas las noches, arrullándose al dormirse-. Que por mi bien estás en el altar /, Que das tu Cuerpo y Sangre juntamente / Al alma fiel en el celestial manjar.» Y repetía Luzmila, ahilando la voz en el arrullo como la ahilaban las monjitas del Convento de la Purísima Concepción en el coro: «Al alma fiel en celestial manjar.»
A las monjas del Convento de la Purísima Concepción las llamaba la gente «las Purísimas», por abreviar en parte y porque como la Santa Madre Fundadora, Beata María Antonia de Izarra y Vilaorante, se dedicaban a la restauración de chicas de la vida airada; y en parte por lo fino que les salía un cierto encaje de bolillos y el bordado de sábanas y manteles. Las chicas de «las Purísimas» dormían en un dormitorio azul y blanco en doce camas iguales, separadas entre sí por seis armarios, uno para cada dos, los seis tembleques, que eran motivo continuo de hurtos y engarradas.
