Las madres les enseñaban a madrugar, a repasar -con aquel repaso invisible, como una enmienda de todo corazón, que era el orgullo del convento-, a decir: «Sí, señora», «No, señora» y «Como prefiera la señora», y a las más listas y dispuestas, a guisar los guisos blanquecinos que inventaban las monjas (por aquello que dicen de que la virginidad se nota en todo) y la receta de las «yemas de la Beata», receta ésta buscadísima por las damas de cierto predominio de la localidad. Y así equipadas las colocaban luego de cocineras y doncellas en casas selectas de familias de la Adoración Nocturna. A Luzmila, las chicas la querían porque iba a cambiarles las novelas, aunque la tenían entre ellas por meapilas y medio cabra.

Cuando Luzmila dejó el convento -colocada «para niños» por las madres-, empezó una larga peregrinación por casas y más casas que terminaba cada vez de la misma manera: cuando los niños salían de primaria y empezaban a vestirse solos se le decía a Luzmila que «empezara a buscar».

Y Luzmila empezaba a buscar y daba siempre con una casa u otra, pronto o tarde (generalmente pronto, porque siempre le daban buenas referencias). Luzmila dejaba las casas muy temprano por la mañana, cuando se oye calle arriba el talán del basurero, decía adiós a los porteros, se acordaba de los niños, se iba con su maleta de madera.

Lleva el pelo recogido en una trenza gruesa, canosa, que se enrosca todas las mañanas en un moño aplastado cerca de la nuca. Usa medias de algodón marrones. Trabaja sin levantar cabeza. Habla sin levantar la voz. Lleva siempre en la bolsa un par de zapatillas a cuadros que se calza para andar por las casas. Anda por las casas como andaba por el convento, sin curiosear nada, sin mirar las estampas de los devocionarios de las madres, sin hojear los periódicos de los señoritos antes que los señoritos, sin golosear en las despensas. A los sesenta y cinco dio con sus huesos en Madrid y como, a esas alturas, ya nadie quería añas, Luzmila se colocó de asistenta por horas.



2 из 63