
Así es que, como iba don Antonio al bulto más que a otra cosa, le era fácil a Luzmila comulgar como todo el mundo con la comunión de la misa y luego otra vez u otras dos veces en las comuniones de don Antonio el Comulguero. Pero a don Antonio el Comulguero le llegó el retiro y vino a sustituirle un cura en pompa, fisgón y estudioso, que preparaba la oposición de canonjías y que aprovechaba los espacios entre misas, bendiciones, confesiones, novenas y rosarios para preparar los temas. Solía sentarse en un confesonario céntrico con un bombillón encendido cuya luz iluminaba la garita como un escenario de títeres, y entre tema y tema y ficha y ficha observaba a los devotos y devotas. Llegó a conocerlos a todos, uno por uno, y como era memorioso por naturaleza, además de fijón, llegó un momento en que tenía que hacer exámnes especiales de conciencia, como purgas, para olvidarse de las infimitas necedades en que se había ido fijando sin fijarse, junto con los artículos de la Suma Teológica, y que ahora no se le iban de la cabeza. El caballero del pelo cano con pinta de ordenanza del Banco de Vizcaya, la dama esponjosa que viene a misa sin pintar (Dios la bendiga) y que reza tres rosarios en lo que va del lavabo al último evangelio, la viuda que se pasa la misa buscando la misa en el misal, la niña con las botitas de agua, un chico guapito como San Estanislao que viene piadosísimo todas las mañanas menos los viernes y se arrodilla siempre debajo de la Séptima Estación. Y esa mujer alta, encorvada, que comulga dos veces. La primera vez lo dejó pasar creyendo haberse confundido. La segunda vez saltó como un diablo encima de Luzmila, que se tragó su segundo Niño Jesús del susto y que salió de la iglesia al poco rato con terror indecible y si haber entendido una palabra. Nadie ha visto a Luzmila dos veces seguidas ni una sola vez detenidamente. Cuando nunca más se sepa de ella, no será mucho más invisible, o mucho menos, que antes.