La noche siguiente Dorita se coló en la habitación y dijo: «Me vengo aquí de palique porque estoy de mi tía hasta el gorro.» Luego se hizo la costumbre de que Dorita viniera cada noche. Y Luzmila se acostumbró a esa costumbre y la costumbre, como siempre pasa, la entrampó miserablemente. Dorita charlaba sentada a los pies de la cama e intercalaba trozos de sus aventuras en la charla y se divertía viendo volvérsele la vida, al hablar de ella; un caso. «A mí follar, no creas, no me gusta -contaba-. Algunos lo primero te maman y sobarte y luego los hay los que te cuentan, a los tacaños les da por el novelón, y uno, oye, me dio suavecín todo por el culo como un supositorio y me dijo que no lo sabía hacer de otra manera; si es que la vida es, vamos, de película de miedo.»

Dorita contaba aquellas historias con el tono de voz con que se cuentan curiosidades o chismes y Luzmila llegó a acostumbrarse a ellas sin entenderlas muy bien, como nos acostumbramos a los vecinos sin llegar a entenderlos nunca.

Por aquel entonces tuvo Luzmila un tropiezo que clausuró aún más, si cabe, su vida y la llevó a depender del todo de la compañía infirme de Dorita. A don Antonio el Comulguero le llamaban el Comulguero porque daba la comunión cada diez minutos durante toda la mañana en la capilla de la Virgen del Perpetuo Socorro. Decía misa temprano y luego ya se quedaba en el reclinatorio del altar mayor con la estola puesta y una media casulla sin planchar que le marcaba la cargazón de espaldas. Había siempre, pues, en esa iglesia una fila india, como la cola de la carne, de comulgantes a la espera de don Antonio el Comulguero. Con la práctica había adquirido don Antonio una manera abreviada de decir el Corpus Domini Nostri de un tirón, en una sola palabra, y un sistema de reflejos condicionados que le hacían saltar a dar la comunión tan pronto como veía un bulto arrodillándose ante el altar de la Virgen del Perpetuo Socorro.



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