Aquella calle limpia donde vivía la Virgen en su casita blanca con las puertas verdes que las pintó San José muy bien pintadas. Las ventanas con tiestos de geranios y el jardín de detrás, de columnas de mármol todo el soportal, y una fuente de mármol del mismo color con un arbolito de agua que nunca se agotaba. Todo lo tenía la Virgen limpio, resplandeciente. Al fondo del jardín había perales de peras maduras todo el año y un cuadro de maíz de mazorcas de granos entrerrojos con luz por dentro y dorados que los desgrana el Niño Jesús por las tardes.

Las historias alarmaron a Dorita. «Ésta está como una chota», pensó para sus adentros. Y el pensarlo la tranquilizó en el sentido de que no se tienen las mismas consideraciones con una loca que con una persona corriente. Una loca es, al fin y al cabo, un chiste, la tonta del pueblo, a quien a ratos se acaricia y a ratos se apalea. A Dorita la entretuvieron las historias unos días y luego empezó a hartarse, hasta que una noche, después de rezar juntas «Jesusito de mi vida» que Luzmila había enseñado a Dorita y de dormirse Luzmila rendida, Dorita saltó como una flecha de la cama, abrió la bolsa y se largó con el sobre. Cuando despertó Luzmila a la mañana siguiente y fue a meter la cajita del Niño Jesús junto al sobre como todos los días, vio que el sobre faltaba. Lo rebuscó por toda la habitación cuidadosamente sin terror alguno, como se busca un dedal perdido; no había muchas cosas en la habitación y Luzmila las recorrió todas, una por una, como se comprueba una suma muy fácil. La invadió un vahído que se parecía al vacío de toda la vida en no presentar arista alguna. En no doler o angustiar o preocupar en ningún sentido preciso, en no conectarse causalmente con ningún acontecimiento pasado o futuro. Lo único que Luzmila no hizo -como si de pronto se deshiciera un hábito de toda la vida- fue ir a trabajar esa mañana. Dio vueltas por las calles y en Manuel Becerra entró en el polvoriento parque de plaza de pueblo que queda detrás de la iglesia.



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