Era como una mala representación en un teatrito de feria. Así, cada tarde al volver Luzmila a casa pensaba en el dulce cuerpo húmedo de Dorita y se alegraba. Y Dorita, en los sueños y duermevelas de Luzmila, era el Niño Jesús -al fin y al cabo una encarnación cualquiera es Encarnación lo mismo que las otras- que dormía hecho una pasta en la cajita del Niño Jesús. Enredada en las líneas de la copia que Dorita hizo del amor, trepaba la crueldad con sus diminutas ventosas translúcidas. Luzmila vivió durante un par de semanas -quizá más tiempo- la enumeración acelerada de la sangre enhebrándose en las inclinadas agujas de una primavera retrasada y vacía. La sexualidad no añade nada al concepto de una relación interpersonal que no se encuentre ya contenido en el mero concepto de esa relación. Lo que añade (y que no se encuentra contenido en el concepto) es la animación sin objeto, la aceleración sonámbula, la trampa absoluta. En cualquier caso, durante esos días las figuraciones devotas de Luzmila se volvieron más agudas, perfectas y absurdas que de costumbre. Y empezó a hablar de ellas sola por las calles y al llegar a casa a contárselas a Dorita.

«Una vez el Niño Jesús no se quería dormir -contaba Luzmila-, y por más que le acunaba no se dormía y no se dormía y todo el rato hablando de la Pasión y lo que dolería la corona de espinas. Vinieron las golondrinas a quitarle los clavos.»

Y una y otra vez reaparecía la misma estampa: el Niño Jesús rubio y gordito, no como los sobrinos de Luzmila, los hijos de sus hermanos, que nacieron reviejos en los años del racionamiento con la piel verde -del color del pan- y las piernas zambas, escocidos, todo el día en un grito. Era diferente con el Niño Jesús, empezando por la Anunciación y lo que dijo el Ángel bien claro, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.



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