Cuando san Antonio vivía en el desierto, se le acercó un joven: -Padre, vendí todo lo que tenía y se lo di a los pobres. Sólo conservé unas cuantas cosas de las que valerme para sobrevivir aquí. Me gustaría que me enseñases el camino de la salvación. San Antonio le pidió que vendiese las pocas cosas que había conservado y que, con el dinero, comprase carne en la ciudad. A la vuelta, debía traer la carne atada a su cuerpo. El muchacho obedeció. Al volver, fue atacado por perros y halcones, que querían un trozo de carne. -Ya he vuelto -dijo el muchacho, enseñándole el cuerpo arañado y las ropas hechas harapos. -Aquellos que dan un nuevo paso y todavía pretenden mantener un poco de su antigua vida, acaban dilacerados por el propio pasado -fue el comentario del santo.

Dice el maestro: Benditas todas las gracias que Dios te dé hoy. La gracia no se puede ahorrar; no existe un banco en el que podamos depositar las gracias recibidas, para usarlas según nuestra voluntad. Si no aprovechas estas bendiciones, las perderás irremediablemente. Dios sabe que somos artistas de la vida. Un día nos da moldes para esculturas, otro día nos da pinceles y lienzo, o una pluma para escribir. Jamás podremos utilizar los moldes en el lienzo, ni las plumas en esculturas; Todos los días, su milagro. Acepta las bendiciones, trabaja, y crea tus pequeñas obras de arte hoy. Mañana recibirás más. El monasterio a orillas del río Piedra está cercado por una linda vegetación, un verdadero oasis en los campos estériles de esa parte de España. Allí, el pequeño río se transforma en una caudalosa corriente, y se divide en docenas de cascadas. El viajero camina por aquel lugar, escuchando la música del agua.



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