Cuando el viajero tenía diez años, su madre lo obligó a hacer un curso de educación física. Uno de los ejercicios consistía en saltar de un puente al agua. Se moría de miedo. Se quedaba en el último lugar de la cola, y sufría cada vez que uno de los otros niños saltaba delante de él, porque en breve llegaría el momento de su salto. Un día, el profesor, al ver su miedo, lo obligó a saltar el primero. Tuvo el mismo miedo, pero pasó tan rápido que empezó a tener coraje. Dice el maestro: Muchas veces hay que darle tiempo al tiempo. Otras veces, hay que remangarse y resolver la situación. En este caso, no existe peor cosa que retrasarlo.

Buda estaba reunido una mañana con sus discípulos cuando se les acercó un hombre.-¿Existe Dios? -preguntó. -Sí -respondió Buda. Después de comer, se acercó otro hombre. -¿Existe Dios? -quiso saber. -No, no existe -dijo Buda. Al final de la tarde, un tercer hombre hizo la misma pregunta.-¿Existe Dios? -Tendrás que decidirlo tú mismo -respondió Buda. -Maestro, ¡qué absurdo! -dijo uno de sus discípulos-. ¿Cómo puedes dar respuestas diferentes a la misma pregunta? -Porque son personas diferentes -respondió el Iluminado-. Y cada una de ellas se acercará a Dios a su manera: a través de la certeza, de la negación y de la duda.

Somos seres preocupados por actuar, hacer, decidir, prevenir. Siempre estamos intentando planear alguna cosa, concluir otra, descubrir una tercera. No hay nada erróneo en ello; a fin de cuentas, así es cómo construimos y cambiamos el mundo. Pero forma parte de la experiencia de la vida el acto de la Adoración. Parar de vez en cuando, salir de uno mismo, permanecer en silencio ante el Universo. Arrodillarse en cuerpo y alma. Sin pedir, sin pensar, incluso sin agradecer nada. Simplemente vivir el amor silencioso que nos envuelve. En esos momentos, algunas lágrimas inesperadas, que no son de alegría ni de tristeza, pueden brotar. No te sorprendas. Es un don. Esas lágrimas están lavando tu alma.



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