Dice el maestro: Si tienes que llorar, llora como los niños. Fuiste niño un día, y una de las primeras cosas que aprendiste en la vida fue llorar, porque forma parte de la existencia. Jamás olvides que res libre, y que mostrar emociones no es una vergüenza. Grita, solloza en alto, haz ruido si te da la gana, porque así lloran los niños, y ellos conocen la manera más rápida de sosegar sus corazones. ¿Te has fijado en cómo dejan de llorar los niños? Algo los distrae, algo llama su atención hacia una nueva aventura. Los niños dejan de llorar muy rápido. Eso mismo te pasará a ti, pero sólo si lloras como llora un niño.

El viajero come con una amiga abogada en Fort Lauderdale. Un borracho muy animado en la mesa de al lado intenta buscar conversación todo el tiempo. A cierta altura de la conversación, la amiga le pide al borracho que se calle. Pero él insiste: -¿Por qué? He hablado de amor como un hombre sobrio nunca habla. He demostrado alegría, he intentado comunicarme con desconocidos, ¿qué hay de malo en ello? -No es el momento oportuno -responde ella. -¿Quiere decir que existe una hora oportuna para mostrar felicidad? Después de esta frase, invitan al borracho a su mesa.

Dice el maestro: Debemos cuidar nuestro cuerpo, ya que es el templo del Espíritu Santo y merece nuestro respeto y nuestro cariño. Debemos aprovechar al máximo nuestro tiempo, es necesario luchar por nuestros sueños, y tenemos que concentrar nuestros esfuerzos en este sentido. Pero es preciso no olvidar que la vida se compone de pequeños placeres. Fueron creados para estimularnos, ayudarnos en nuestra búsqueda, darnos momentos de reposo mientras libramos nuestras batallas diarias. No existe pecado alguno en ser feliz. No existe ningún error en, alguna que otra vez, transgredir ciertas normas de alimentación, de sueño, de alegría. No te culpes si, de vez en cuando, pierdes el tiempo con tonterías. Son los pequeños placeres los que nos dan los grandes estímulos.



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