
Sin poder pagar las deudas que se acumulaban, llegó a pensar en el suicidio. Caminaba por una calle cierta tarde, cuando vio una casa en ruinas. "Aquel predio de allí, soy yo", pensó. En ese momento, sintió un inmenso deseo de reconstruir aquella casa. Descubrió al dueño, encontró la manera de conseguir ladrillos, madera, cemento. Trabajó con amor, sin saber porque ni para que. Pero sentía que su vida personal iba mejorando a medida que la reforma avanzaba.
Al cabo de un año, la casa estaba lista. Y sus problemas personales solucionados.
DE LA ESCUELA
Un amigo comentó con Julio Ribeiro: "Es más complicado organizar una escola do samba que la General Motors. Son cinco mil personas, que asisten puntualmente a los ensayos, aprenden de memoria la letra de sambas complicadísimas, conciben escenografías de Hollywood, confeccionan miles de adornos, organizan a decenas de costureras. Obedecen ciegamente la orden de los fiscales, llegan sin atraso a la concentración, ayudan a empujar los coches alegóricos. Ahí, samban por apenas una hora, y luego lloran si la escuela pierde. "¿Cómo llegan a la precisión de reloj suizo?"
Nadie decía nada. Y mi amigo respondió a su propia pregunta: "Porque todos quieren una misma cosa, en este caso, desfilar bien. Cuando se han unido en torno a un mismo objetivo, no hay obstáculo que perturbe".
DE LA PARTICIPACIÓN
La vida nos pide constantemente "¡Participa!". La participación es necesaria para nuestra alegría, pero también para nuestra protección. Quien se desentiende delante de las barbaridades que ve, está prestándole servicio a la fuerza de las tinieblas, y esto le será cobrado algún día.
Hay momentos en que evitamos la lucha, bajo los más diversos pretextos: serenidad, madurez, miedo al ridículo. Vemos la injusticia haciéndose próxima a nosotros, y nos quedamos callados. "No me voy a meter en todas las peleas", explicamos.
