– ¿Por qué tendría que ser tonta llamándose Deifilia? -preguntó Josefa acariciando el nombre de su bisabuela.

– Porque partiría del error de creerse hija de Dios y no hija nuestra. Y esta niña es hija nuestra.

– Hasta que saque la cabeza -argumentó Josefa, que había pasado buena parte de su preñez temiendo que se le escapara el prodigio.

Como buen hombre del Caribe, Diego Sauri estaba acostumbrado a no discutir con los milagros y reía siempre que su mujer expresaba sus temores, dudando de su habilidad para no equivocarse a la hora de hacer los vericuetos de una oreja o igualar el color de los ojos. Porque ¿cómo podía saber lo que estaba haciendo, si su intervención era igual a la que podría tener un ánfora?

– Un ánfora chiflada -dijo Diego Sauri levantándose a darle un beso.

Tenía los hombros fuertes y los ojos claros iluminando la oscuridad de unas ojeras precoces, la altura mediana del padre que Josefa guardaba en su memoria, las palmas de sus manos marcando un acertijo, las yemas de los dedos hábiles y atinadas. Se movía aún como el nadador que había sido, acechaba los guiños de su mujer con el deseo entre los labios.

– No empieces -se preocupó Josefa-. Has estado entrando y saliendo por el camino de la criatura sin ningún respeto durante todo este tiempo. La podemos lastimar.

– No afirmes cosas de ignorante, Josefa. Pareces poblana -dijo él volviendo a besarla.

– Soy poblana. Que tú vengas de una tierra de salvajes no es mi culpa.

– ¿Salvajes los mayas? -dijo Diego-. Por estas tierras no había pasado un pie humano cuando Tulúm era un imperio de dioses terrenales.



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